-No me digas Lai, no me gusta
No sabía en qué idioma estaba hablando, pero sabía que me entendería, si no ¿para qué había pasado 6 años viviendo allí?
-Pero él-señaló a Jonathan con la cabeza- te llama Lai y no le dices nada.
-No es lo mismo, a él le queda bien…-sonaba rara diciendo eso, estaba segura de que si Jonathan estuviera despierto se reiría de mi- búscate tu propia forma de llamarme.
-Laia… o no me hablas o me mandas a la mierda… ¿qué te pasa?-En verdad parecía confuso, pero había algo en sus ojos que me hacía pensar que tenía más claro que yo lo que me pasaba- Es por el beso, es que… te echaba de menos Laia.
Empezó a andar hacia mí, el azul de sus ojos me hacia sentir confusa, no sabía que pensaba, miré a Jonathan pero seguía durmiendo. Cuando Dani llegó al borde de mi cama me levanté y me senté en el sillón situado al lado opuesto al que estaba el.
-6 años…- muchas cosas quería decirle, quería gritarle todo lo que no le había gritado en todo ese tiempo, pero Jonathan seguía durmiendo, así que lo dije todo lentamente y susurrando-ni una carta, ni una llamada, ni una respuesta, nada… y ahora…ahora vienes y me besas como si nos hubiéramos visto ayer, eras importante para mí, pero me dejaste sola, y la tristeza se convirtió en odio y el odio en olvido… En mi cerebro ya no te acordabas de mí, así que se olvidó de ti. Quieres que te quiera incluso más que antes y no te das cuenta de que han pasado 6 años y que me doliste 3 de esos años, si no más.
-Laia, ¿crees que si te hubiera escrito o mantenido el contacto contigo estaría ahora, que me acordaría de ti?
Su respuesta me sorprendió, esperaba cualquier cosa menos eso. No sonaba enfadado, sonaba exactamente igual que cuando Jonathan me respondía a las preguntas no formuladas. Además, ¿Qué quería decir con eso? Me miraba con su mejor cara de prepotencia, no lo soportaba, no sabía de qué porras hablaba. ¿Qué quería decir? ¿Qué nadie se acordaba de mi? Millones de preguntas venían a mi cabeza, pero Dani no era Jonathan, no me podía dar la respuesta si no lo preguntaba… ¿estaba Dani al tanto de todo desde el principio? Se fue seis años antes ¿Cómo podía saberlo?
De repente salí de mi ensoñación con un grito que, aunque había hablado muchísimo con la persona emisora, no había oído nunca.
-DIOS LAIA! ¡PARA YA! ¡Y tú!- Jonathan miró Dani con los ojos encendidos de… ¿ira?- si quieres explicarle o contarle algo díselo, no la dejes así, ¿no ves como se pone?
Jonathan cayó rendido en la almohada. El silencio llenaba la habitación, solo se oía la lluvia caer en la ventana, a pesar de que había amanecido el cielo estaba muy oscuro, lo que hacia la habitación mas sombría de lo que ya era de por sí.
Dani y yo mirábamos a Jonathan, yo me sentía rara, Jonathan jamás me había gritado, ni cuando me iba sin él. Dani, sin embargo, tenía una mirada que jamás había visto en el. No sabía que era, pero supongo que cuando abrió la boca salieron todas sus intenciones.
-No soy yo el único que tiene cosas que contar ¿no?-sonaba desagradable y acusador, esas palabras ocultaban algo, no muy bien, algún tipo de odio hacia Jonathan que no llegué a entender- ¿Por qué no empiezas tu?
Antes de que llegara a cuestionarme nada a mí misma, Jonathan se levantó y se fue. No sé donde podía irse estando en el hospital, pensé que no sería mucho tiempo y que tendría que volver.
Observamos cómo se marchaba sin decir nada y, apenas de cerró la puerta, Dani me miró con cara de satisfacción.
-¿Quieres que te diga lo que oculta?
Tenía ganas de hacerlo, tenía ganas de romper nuestra relación, pero Dani llevaba mucho tiempo sin verme, no me conocía más y, por lo que parecía, yo a él tampoco.
-no, vete
-Pero… ¿por qué?
-Por qué no te conozco, así que vete
-si me conoces Laia, tú no tienes amnesia
- no en ese sentido…-no subí la voz, no perdí un nervio, era monótona, inexpresiva- ¿Puedes irte?
-Vale Laia, pero no te libraras de mí, yo también vivo aquí. Y cuando vuelva “Jonathan” deberías hablar con el… igual te sorprende- sonaba enfadado, celoso, amenazante…
¿Vivía aquí? ¿Qué hacia? No me importaba tanto lo de Jonathan, si se lo preguntaba confiaba en que me lo contara, pero que Dani viviera allí llamaba mi atención, y lo que era más importante, ¿Cómo sabia tantas cosas de Jonathan que yo no podía saber?
martes, 13 de julio de 2010
jueves, 8 de julio de 2010
capitulo 8
-Wow!-dijo la enfermera-mejor os dejo solos…
Y se fue, Dani se alejó de mí despacio, supongo que se había dado cuenta de que, realmente, yo no estaba dentro de mi cuerpo. Yo estaba en mi camilla mirando la escena, no la vivía, la veía.
-Laia?- Dani sonaba preocupado, dulce. Pero no podía sorprenderme así después de casi 6 años.
-Creo que Laia no está aquí- Era la primera vez que Jonathan hablaba.
Dani lo miró con cara de “¿quién eres tú?”, yo lo miré con cara de “sálvame”. En ese momento agradecí importarle aunque solo fuera un poquito, porque dio más importancia a mi cara. Se levantó me cogió de la mano y me llevó a mi camilla, se sentó conmigo, obligando, así, a Dani a sentarse enfrente. La distancia me hacía sentir mejor, menos confundida.
Supongo que Dani entendía menos que yo, nos conocíamos desde que teníamos 3 años y ahora, 15 años más tarde, era incapaz de mirarle más de dos segundos. Yo lo intentaba, pero cada vez que le miraba a los ojos, recordaba cada milésima de segunde de aquel beso que, posiblemente, no duró más que uno.
Ahora el silencio hacia que me pitaran los oídos, y yo solo miraba mis pies, cruzados, colgando de mi camilla. Sentía la mirada de Jonathan y de Dani en mi cabeza, pero no podía hablar.
-Lai, creo que deberías saludar a tu… amigo
-¿Lai?-Dani miró a Jonathan extrañado- ¿cómo que Lai?
-¿qué tiene de raro?
-No nada… es solo que… ¿hace cuánto que os conocéis?
Jonathan y yo nos miramos, realmente hacia menos de un mes que nos conocíamos, pero yo no entendía la relación que tenia eso con que Jonathan me llamara Lai. En ese mismo instante apareció por la puerta la misma enfermera que trajo a Dani.
-Es la hora del desayuno, quizás puedas volver después.
-¡oh! Vale-Se levanto de un salto y emprendió la retirada.
Yo todavía seguía cuestionándome la relación entre que Jonathan me llamara Lai y el tiempo que hacía que nos conocíamos.
-Es porque él, en 15 años, no ha osado llamarte otra cosa que no fuera Laia.
“Vaya tontería” pensé
-no puedo ocultarte nada ¿verdad?
-Lo siento…
-No me importa que me leas la mente, lo hace todo más fácil.
Oí que se reía, pero era casi imperceptible.
-Jonathan ¿te molesta que Dani esté aquí?
Me miró, estaba sorprendido de la pregunta y al mismo tiempo tenía cara de culpabilidad.
-¿Por qué iba a molestarme?
-No sé… no pareces… contento.
-No es eso… si me alegra que estés contenta, es solo que- no sé por qué hizo esta pausa, no sé si buscaba las palabras, si no sabía porque era, no sé- te pones muy nerviosa el verle y no piensas bien, así que me confundes a mi también.
No era una buena escusa, Dani se había ido y seguía descontento.
-Lai-dijo cuando íbamos a empezar el desayuno-¿me cambias de bandeja?
No entendía porqué pero se la cambié. Su desayuno sabia diferente, pero pensé que serian cosas mías…
Después Jonathan volvió a dormirse, era raro que el que estuviera durmiendo fuera él. Normalmente era yo la que padecía este mal.
Me quedé mirándolo. Me pregunté qué era él para mi, qué era yo para él. ¿Le quería como un hermano? Nunca había tenido un hermano, así que no tenía con que compararlo, antes… de que todo sucediera tenía una hermana, Anabel, no me llevaba muy bien con ella, pero no es lo mismo cuando tienes un hermano, supongo. Mi mejor amiga Melanie y su hermano Jake (su padre era yanqui así que sus nombres no eran muy españoles) tenían una relación que realmente envidiaba. No sé qué opinaría ella de esto. Echaba de menos a mis amigos… ¿Era Jonathan un amigo? Seguí mirándolo, no podía quitarle la vista de encima. No creo que solo fuera un amigo, nunca me había pasado así con un amigo, bueno… solo con una persona…
-A mi no me miras así.
En algún momento de mi reflexión filosófica entró Dani en la habitación. No lo dijo susurrando, no temía despertar a Jonathan, sonó más como… una queja.
Era incapaz de responderle, ni siquiera me había percatado que estaba allí.
-Jo “Lai”-su ironía en “Lai” me erizó los pelos de la nuca- no has abierto la boca desde que llegué.
Todo esto lo dijo en un perfecto español que, a pesar de todo, no diferencié del inglés de Jonathan, ¿era yo la única que no apreciaba la diferencia lingüística que acababa de utilizar?
Y se fue, Dani se alejó de mí despacio, supongo que se había dado cuenta de que, realmente, yo no estaba dentro de mi cuerpo. Yo estaba en mi camilla mirando la escena, no la vivía, la veía.
-Laia?- Dani sonaba preocupado, dulce. Pero no podía sorprenderme así después de casi 6 años.
-Creo que Laia no está aquí- Era la primera vez que Jonathan hablaba.
Dani lo miró con cara de “¿quién eres tú?”, yo lo miré con cara de “sálvame”. En ese momento agradecí importarle aunque solo fuera un poquito, porque dio más importancia a mi cara. Se levantó me cogió de la mano y me llevó a mi camilla, se sentó conmigo, obligando, así, a Dani a sentarse enfrente. La distancia me hacía sentir mejor, menos confundida.
Supongo que Dani entendía menos que yo, nos conocíamos desde que teníamos 3 años y ahora, 15 años más tarde, era incapaz de mirarle más de dos segundos. Yo lo intentaba, pero cada vez que le miraba a los ojos, recordaba cada milésima de segunde de aquel beso que, posiblemente, no duró más que uno.
Ahora el silencio hacia que me pitaran los oídos, y yo solo miraba mis pies, cruzados, colgando de mi camilla. Sentía la mirada de Jonathan y de Dani en mi cabeza, pero no podía hablar.
-Lai, creo que deberías saludar a tu… amigo
-¿Lai?-Dani miró a Jonathan extrañado- ¿cómo que Lai?
-¿qué tiene de raro?
-No nada… es solo que… ¿hace cuánto que os conocéis?
Jonathan y yo nos miramos, realmente hacia menos de un mes que nos conocíamos, pero yo no entendía la relación que tenia eso con que Jonathan me llamara Lai. En ese mismo instante apareció por la puerta la misma enfermera que trajo a Dani.
-Es la hora del desayuno, quizás puedas volver después.
-¡oh! Vale-Se levanto de un salto y emprendió la retirada.
Yo todavía seguía cuestionándome la relación entre que Jonathan me llamara Lai y el tiempo que hacía que nos conocíamos.
-Es porque él, en 15 años, no ha osado llamarte otra cosa que no fuera Laia.
“Vaya tontería” pensé
-no puedo ocultarte nada ¿verdad?
-Lo siento…
-No me importa que me leas la mente, lo hace todo más fácil.
Oí que se reía, pero era casi imperceptible.
-Jonathan ¿te molesta que Dani esté aquí?
Me miró, estaba sorprendido de la pregunta y al mismo tiempo tenía cara de culpabilidad.
-¿Por qué iba a molestarme?
-No sé… no pareces… contento.
-No es eso… si me alegra que estés contenta, es solo que- no sé por qué hizo esta pausa, no sé si buscaba las palabras, si no sabía porque era, no sé- te pones muy nerviosa el verle y no piensas bien, así que me confundes a mi también.
No era una buena escusa, Dani se había ido y seguía descontento.
-Lai-dijo cuando íbamos a empezar el desayuno-¿me cambias de bandeja?
No entendía porqué pero se la cambié. Su desayuno sabia diferente, pero pensé que serian cosas mías…
Después Jonathan volvió a dormirse, era raro que el que estuviera durmiendo fuera él. Normalmente era yo la que padecía este mal.
Me quedé mirándolo. Me pregunté qué era él para mi, qué era yo para él. ¿Le quería como un hermano? Nunca había tenido un hermano, así que no tenía con que compararlo, antes… de que todo sucediera tenía una hermana, Anabel, no me llevaba muy bien con ella, pero no es lo mismo cuando tienes un hermano, supongo. Mi mejor amiga Melanie y su hermano Jake (su padre era yanqui así que sus nombres no eran muy españoles) tenían una relación que realmente envidiaba. No sé qué opinaría ella de esto. Echaba de menos a mis amigos… ¿Era Jonathan un amigo? Seguí mirándolo, no podía quitarle la vista de encima. No creo que solo fuera un amigo, nunca me había pasado así con un amigo, bueno… solo con una persona…
-A mi no me miras así.
En algún momento de mi reflexión filosófica entró Dani en la habitación. No lo dijo susurrando, no temía despertar a Jonathan, sonó más como… una queja.
Era incapaz de responderle, ni siquiera me había percatado que estaba allí.
-Jo “Lai”-su ironía en “Lai” me erizó los pelos de la nuca- no has abierto la boca desde que llegué.
Todo esto lo dijo en un perfecto español que, a pesar de todo, no diferencié del inglés de Jonathan, ¿era yo la única que no apreciaba la diferencia lingüística que acababa de utilizar?
viernes, 2 de julio de 2010
capitulo 7
Se respiraba tensión en la habitación, era un momento delicado, lo sabía, pero necesitaba la respuesta, ya no era un capricho, me molestaba que hubieran involucrado también a Jonathan en esto.
-Laia, no creo que…-dudaba, miraba a la puerta esperando ser sorprendido por alguna enfermera.
Miré a todas partes buscando algo con que trabar la puerta. Me fijé en un armario, no era ni muy alto ni muy bajo, me llegaría a los hombros, y su anchura era perfecta el pasillo de la puerta. Me bajé de la camilla de un salto, cosa que le sorprendió y me fui directa a empujarlo.
-Jonathan, baja de ahí y ayúdame, esto pesa más de lo que creía.
-Laia, no es la mejor solución
-¿Se te ocurre otra?
-Es que…-hizo una pausa que para mi estrés fue enorme- es que la puerta se abre hacia afuera.
Me dejé caer al suelo y empecé a reírme, para variar en mi intento de solucionar la situación había hecho el ridículo, otra vez. La risa, en algún momento, se transformó otra vez en llanto y no dejaban de caerme lágrimas por toda la cara. Nunca iba a saber la verdad y eso… me hacía daño. Junté mis piernas a mi pecho y apoyé la cabeza en las rodillas, solo oía mi respiración perturbada por mis lágrimas.
Jonathan se levantó y me abrazó, no era lo que necesitaba, pero me hizo sentir mucho mejor.
-No te pongas así, Lai- sonaba muy suave, ¿Cómo había pensado en irme sin él?- Yo te lo cuento, pero no te pongas así…
Levanté la cabeza despacio, realmente no soporto que me vean llorar y, para una mañana, ya era suficiente, pero quería oírlo y si era de su boca… bueno, sería el único del que me fiaría. Esperé que se me secaran los ojos y le miré, no podía hablar por el dolor de garganta, de llorar, de gritar, de los nervios… Pero él sabía lo que quería así que solo esperó a estar seguro de que le oía.
-Laia ¿Qué quieres saber?
-Todo Jonathan, todo.
Realmente no quería una repuesta, imagino que era una forma de empezar la conversación, pero tenía la necesidad de responderle, no sé por qué pero lo necesitaba.
-Vale Laia, creo que es importante que sepas como has llegado hasta aquí, aunque quizás no deba empezar por ahí pero… si me interrumpen ya lo habré dicho.
-¿van a interrumpirte?
No era una pregunta del todo, sabía la respuesta pero quería asegurarme. Él asintió, lo sabía ¿Cuánto tardarían?
-Tranquila Lai, será una visita gratificante…- Me dejó mareada con esa respuesta a mi pregunta no formulada, pero no me dio tiempo a preguntar- En fin, a lo que íbamos- según iba hablando iba bajando la voz, no sé si por miedo o si por pensar cómo lo diría- Lai nunca… nunca llegaste a… cortarte, quiero decir, la intención la tenias pero… no te dio tiempo.
-¿¡cómo que no?!-quería creerle, pero eso no podía ser- ¿y las vendas, revisiones, los puntos…?
-Déjame adivinar, te da miedo mirar la herida en las revisiones y nunca la has visto realmente.
Era verdad, me asustaba mirar, no sé por qué, siempre me entretenía con algo. Al principio me autoconvencí de que era porque no me importaba, de que prefería estar muerta, pero no era eso.
-Ellos sabían que eso pasaba, así que no tuvieron que fingir demasiado… Bueno, ¿por dónde iba? ¿Cómo llegaste hasta aquí? Cuando fuiste a suicidarte, te durmieron… no sé si te habrás dado cuenta, pero desde que llegaste duermes más que hablas.
Claro que me había dado cuenta, pero… ¿eran ellos? ¿Qué sentido tenía?
-Bueno Lai, si duermes no te escapas, como estabas a punto de hacer.
Noté el énfasis en las últimas palabras, si me estaba contando eso era que quería que me quedara, estaba claro que no era un momento que le gustara recordar.
-Pero para que me quieren aquí Jonathan? ¿A mí que más me da si llegué en barco o en avión?
-¿Querías saberlo todo no? El caso es que tienes algo, algún poder, destino, o algo de eso, que no me dejan ver y tienen miedo de que lo uses en su contra, creo que eres una especie de… mmm… arma… pero solo depende de cómo te usen, no son los únicos que te buscan, solo los primeros que te encontraron.
-Y…-tenía una duda horrible en la cabeza, temía la respuesta-¿son de los buenos?
No respondió, pero su mirada lo decía todo, ¿Qué clase de plan malvado tendrían en mente? y lo más importante…
-El doctor John está a cargo de todo.
Eso me dejó simplemente sin palabras, después de Jonathan, era la única persona en la que confiaba, ¡¡nos había llevado por Londres!!¿Cómo podía ser ese hombre de apariencia tan amable el jefazo de los malos?
-no juzgues un libro por su portada…
-¿Cómo has averiguado todo esto?
-Por la doctora Katy, su mente es más débil porque no está segura de seguir aquí, cree que eres… demasiado joven para… utilizarte.
Era la primera doctora, la de la tarta, había desconfiado de ella desde el principio, mi sentido había fallado… había desconfiado de la única persona que dudaba y había confiado en el malo de los malos… Me puse a llorar otra vez, era horrible que hubiera en mi tantas lágrimas, odiaba llorar.
-Laia, te utilizaron… ¡tú no podías saberlo!- su intento de hacerme sentir mejor era un poco inútil, pero lo agradecía- Escúchame Laia, ya vienen… no saben cuánto te he dicho, pero no les importa, lo que traen te distraerá de lo que quieres. Lai, por favor, olvida lo que quieras, pero no te olvides de mí…
-Jonathan-me sentía ofendida por lo que había dicho- ¿Cómo me voy a olvidar de ti si eres lo que más…
Llamaron a la puerta, interrumpiendo mi declaración, Jonathan se fue a su camilla y me hizo un gesto para que abriera la puerta, fui totalmente insegura, ¿Qué podía ser que me hiciera olvidar hasta de Jonathan? Abrí la puerta y ahí estaba. No fue la enfermera sonrisitas la que llamó mi atención, era su acompañante: Un poco más alto que Jonathan, rubio, ojos azules y la sonrisa más perfecta que se creó en la tierra, era increíble que con los rasgos que tenia fuera español, pero así era, ¿Cómo me había olvidado de él? Dani, había venido a vivir a Londres con su padre. Lo que pasó a continuación sorprendió hasta a Jonathan que podía leerle la mente, así que a mi… casi muero
-Laia, ¡estás bien! Pensé… pensé…
Con los ojos llenos de lágrimas, de alegría imagino, se acercó hasta a mí y me besó. Tarde unos segundos en sentir dónde lo había hecho, estaba besando mis labios con tanta fuerza que me asusté al reaccionar.
-Laia, no creo que…-dudaba, miraba a la puerta esperando ser sorprendido por alguna enfermera.
Miré a todas partes buscando algo con que trabar la puerta. Me fijé en un armario, no era ni muy alto ni muy bajo, me llegaría a los hombros, y su anchura era perfecta el pasillo de la puerta. Me bajé de la camilla de un salto, cosa que le sorprendió y me fui directa a empujarlo.
-Jonathan, baja de ahí y ayúdame, esto pesa más de lo que creía.
-Laia, no es la mejor solución
-¿Se te ocurre otra?
-Es que…-hizo una pausa que para mi estrés fue enorme- es que la puerta se abre hacia afuera.
Me dejé caer al suelo y empecé a reírme, para variar en mi intento de solucionar la situación había hecho el ridículo, otra vez. La risa, en algún momento, se transformó otra vez en llanto y no dejaban de caerme lágrimas por toda la cara. Nunca iba a saber la verdad y eso… me hacía daño. Junté mis piernas a mi pecho y apoyé la cabeza en las rodillas, solo oía mi respiración perturbada por mis lágrimas.
Jonathan se levantó y me abrazó, no era lo que necesitaba, pero me hizo sentir mucho mejor.
-No te pongas así, Lai- sonaba muy suave, ¿Cómo había pensado en irme sin él?- Yo te lo cuento, pero no te pongas así…
Levanté la cabeza despacio, realmente no soporto que me vean llorar y, para una mañana, ya era suficiente, pero quería oírlo y si era de su boca… bueno, sería el único del que me fiaría. Esperé que se me secaran los ojos y le miré, no podía hablar por el dolor de garganta, de llorar, de gritar, de los nervios… Pero él sabía lo que quería así que solo esperó a estar seguro de que le oía.
-Laia ¿Qué quieres saber?
-Todo Jonathan, todo.
Realmente no quería una repuesta, imagino que era una forma de empezar la conversación, pero tenía la necesidad de responderle, no sé por qué pero lo necesitaba.
-Vale Laia, creo que es importante que sepas como has llegado hasta aquí, aunque quizás no deba empezar por ahí pero… si me interrumpen ya lo habré dicho.
-¿van a interrumpirte?
No era una pregunta del todo, sabía la respuesta pero quería asegurarme. Él asintió, lo sabía ¿Cuánto tardarían?
-Tranquila Lai, será una visita gratificante…- Me dejó mareada con esa respuesta a mi pregunta no formulada, pero no me dio tiempo a preguntar- En fin, a lo que íbamos- según iba hablando iba bajando la voz, no sé si por miedo o si por pensar cómo lo diría- Lai nunca… nunca llegaste a… cortarte, quiero decir, la intención la tenias pero… no te dio tiempo.
-¿¡cómo que no?!-quería creerle, pero eso no podía ser- ¿y las vendas, revisiones, los puntos…?
-Déjame adivinar, te da miedo mirar la herida en las revisiones y nunca la has visto realmente.
Era verdad, me asustaba mirar, no sé por qué, siempre me entretenía con algo. Al principio me autoconvencí de que era porque no me importaba, de que prefería estar muerta, pero no era eso.
-Ellos sabían que eso pasaba, así que no tuvieron que fingir demasiado… Bueno, ¿por dónde iba? ¿Cómo llegaste hasta aquí? Cuando fuiste a suicidarte, te durmieron… no sé si te habrás dado cuenta, pero desde que llegaste duermes más que hablas.
Claro que me había dado cuenta, pero… ¿eran ellos? ¿Qué sentido tenía?
-Bueno Lai, si duermes no te escapas, como estabas a punto de hacer.
Noté el énfasis en las últimas palabras, si me estaba contando eso era que quería que me quedara, estaba claro que no era un momento que le gustara recordar.
-Pero para que me quieren aquí Jonathan? ¿A mí que más me da si llegué en barco o en avión?
-¿Querías saberlo todo no? El caso es que tienes algo, algún poder, destino, o algo de eso, que no me dejan ver y tienen miedo de que lo uses en su contra, creo que eres una especie de… mmm… arma… pero solo depende de cómo te usen, no son los únicos que te buscan, solo los primeros que te encontraron.
-Y…-tenía una duda horrible en la cabeza, temía la respuesta-¿son de los buenos?
No respondió, pero su mirada lo decía todo, ¿Qué clase de plan malvado tendrían en mente? y lo más importante…
-El doctor John está a cargo de todo.
Eso me dejó simplemente sin palabras, después de Jonathan, era la única persona en la que confiaba, ¡¡nos había llevado por Londres!!¿Cómo podía ser ese hombre de apariencia tan amable el jefazo de los malos?
-no juzgues un libro por su portada…
-¿Cómo has averiguado todo esto?
-Por la doctora Katy, su mente es más débil porque no está segura de seguir aquí, cree que eres… demasiado joven para… utilizarte.
Era la primera doctora, la de la tarta, había desconfiado de ella desde el principio, mi sentido había fallado… había desconfiado de la única persona que dudaba y había confiado en el malo de los malos… Me puse a llorar otra vez, era horrible que hubiera en mi tantas lágrimas, odiaba llorar.
-Laia, te utilizaron… ¡tú no podías saberlo!- su intento de hacerme sentir mejor era un poco inútil, pero lo agradecía- Escúchame Laia, ya vienen… no saben cuánto te he dicho, pero no les importa, lo que traen te distraerá de lo que quieres. Lai, por favor, olvida lo que quieras, pero no te olvides de mí…
-Jonathan-me sentía ofendida por lo que había dicho- ¿Cómo me voy a olvidar de ti si eres lo que más…
Llamaron a la puerta, interrumpiendo mi declaración, Jonathan se fue a su camilla y me hizo un gesto para que abriera la puerta, fui totalmente insegura, ¿Qué podía ser que me hiciera olvidar hasta de Jonathan? Abrí la puerta y ahí estaba. No fue la enfermera sonrisitas la que llamó mi atención, era su acompañante: Un poco más alto que Jonathan, rubio, ojos azules y la sonrisa más perfecta que se creó en la tierra, era increíble que con los rasgos que tenia fuera español, pero así era, ¿Cómo me había olvidado de él? Dani, había venido a vivir a Londres con su padre. Lo que pasó a continuación sorprendió hasta a Jonathan que podía leerle la mente, así que a mi… casi muero
-Laia, ¡estás bien! Pensé… pensé…
Con los ojos llenos de lágrimas, de alegría imagino, se acercó hasta a mí y me besó. Tarde unos segundos en sentir dónde lo había hecho, estaba besando mis labios con tanta fuerza que me asusté al reaccionar.
jueves, 17 de junio de 2010
capitulo 6
Al día siguiente me desperté muy pronto, extremadamente pronto. Nadie estaría despierto, podía irme. Sabía que no vigilaban la puerta. En ese momento me daban igual mis dudas, sabía que no me iban a dar todas las respuestas que necesitaba.
Me daba igual no tener a donde ir, vagabundearía por ahí y, con suerte, me mandarían a Barcelona. No entendía por qué no lo había hecho antes, hacia días que nadie me seguía. Metí todas mis cosas en la bolsa intacta de la papelera, me dirigía hacia la puerta cuando sonó su voz.
-Laia, ¿Dónde vas?- Jonathan estaba aún muy dormido, tendría que haberle mentido.
-Me voy de aquí Jonathan, no lo aguanto más- no sabía mentir, simplemente no podía.
-Pero Lai- al oírme se despertó del todo- ¿Qué voy a hacer aquí sin ti?
Podía haberlo ignorado, podía haberle dicho que sobreviviría sin que yo le atara los cordones, podría haberle dicho que se viniera conmigo, pero no. Me quedé petrificada. Me daba igual vagabundear sola, pero no con él, no podía arriesgarlo a el también. Yo había muerto voluntariamente una vez pero el tenia derecho a seguir viviendo.
Llegó el momento de hablar y parecía que había perdido el control de mi lengua, no sabía que decir, y cuando abrí la boca, surgió de mi un extraño sonido que no puedo comparar con nada.
-Jonathan…-bajé la mirada, no podía mirarle a los ojos y decirle que me iba. Me mataba su mirada, ambos lo sabíamos.
-Lai, aguanta por hoy, pregunta lo que quieras y si no te contestan podrás marcharte, pero tendrás que dejarme ir contigo… Por favor…
No quería levantar la cabeza, sabía que si me miraba no podría negarle nada, y yo quería irme. Pero él fue más listo que yo, para variar. Se levanto, se acercó a mí y me abrazó.
-No me dejes solo Lai- su susurro llenaba cada rincón de mi cerebro-a mí tampoco me gusta pero es por ti.
-Es que estoy cansada Jonathan-me alejé un poco, mi voz sonaba a lagrimas reprimidas, no quería que me viera llorar, pero lo haría.
-¿De qué Lai?
-De todo, de llorar, de no entender nada, de no saber que hago aquí, de no entender porque no me morí, de todo. A veces puedo parecer fuerte, Jo, pero no es verdad, cada vez me siento más débil y siento que estoy aquí encerrada y que no es por algo bueno. Necesito a mis amigos a mi lado, pero todos desaparecieron al ir al orfanato, ni una carta, ni una llamada, nada… y ahora pensaran que estoy muerta y ¿Por qué no darles la razón? No sé por qué no lo he vuelto a intentar.
-¿Has terminado?
-He terminado- durante mi discurso montones de lagrimas habían caído por mi mejilla, quemaban, me hacían daño y, al mismo tiempo, aliviaban mi dolor.
-Laia, no puedes esperar que todo se solucione huyendo. Parece que sea lo único que sabes hacer. Lo que buscabas no era la muerte, era un escape, el más lejano, y ahora quieres irte otra vez. Lo que pasa es que tienes miedo de que no te guste la respuesta, dices que quieres la verdad pero no estás segura de poder afrontarla. Yo me consideraba tu amigo y resulta que la primera vez te fuiste por que no estaban y ahora te ibas a dejar aquí. ¿Quieres irte? Vete, pero no esperes que te escriba una carta, porque no me has dado el cargo de amigo.
Estaba enfadado, él también lloraba, pero a él le podía la rabia, ahora no estaba segura de querer irme, ni de querer quedarme. Solo Jonathan sabía confundirme de esa forma. Quería otro abrazo, un abrazo y me quedaba con él, pero no iba a dármelo porque si. Se sentía traicionado y yo, para variar, idiota.
-Jonathan… Ya lo entiendo… Lo siento, sabes que no soy demasiado lista, no lo había visto hasta ahora…Tú eres la razón de todo. La razón de que esté aquí, de que no me haya ido aun y de que no lo haya vuelto a intentar. Solo una cosa me ha quedado clara, que eres más que mi amigo Jonathan y hubiera sido más fácil si no te hubieras despertado.
-Más fácil para ti
Se dio la vuelta enfadada y volvió a su cama ¿Por qué era tan difícil?
-Pero es muy injusto Jonathan!- Ya me había enfadado yo también, estaba gritándole- Tú lo has sabido todo desde el principio, sabias todo de mi con mirarme, sabes porque porras estoy aquí, sabes lo que está pasando y te da igual que yo esté sufriendo por no saberlo, y luego, cuando me voy a escapar de toda esta mierda, ¿me hechas en cara que no te diga nada? Es injusto Jonathan, es injusto.
-¿Crees que es fácil para mí?-Ahora el también gritaba- No puedo decirte nada Laia, cada vez que lo intento aparece alguien para hacerme callar. Ellos saben que lo intento, saben cada vez que quiero decírtelo y vienen a buscarme ¡No es mi culpa!
Ellos lo sabían todo, pero ahora no podrían evitarlo… Ahora ya estaba todo dicho. Me acerqué despacio, le abracé, me senté a su lado y le dije:
-Por favor Jonathan, ahora no pueden pararte- decía todo muy despacio y miraba a la puerta como esperando a que entrara alguien, tampoco sabía si me iba a responder o a enfadarse- Por favor Jonathan… dímelo
Me daba igual no tener a donde ir, vagabundearía por ahí y, con suerte, me mandarían a Barcelona. No entendía por qué no lo había hecho antes, hacia días que nadie me seguía. Metí todas mis cosas en la bolsa intacta de la papelera, me dirigía hacia la puerta cuando sonó su voz.
-Laia, ¿Dónde vas?- Jonathan estaba aún muy dormido, tendría que haberle mentido.
-Me voy de aquí Jonathan, no lo aguanto más- no sabía mentir, simplemente no podía.
-Pero Lai- al oírme se despertó del todo- ¿Qué voy a hacer aquí sin ti?
Podía haberlo ignorado, podía haberle dicho que sobreviviría sin que yo le atara los cordones, podría haberle dicho que se viniera conmigo, pero no. Me quedé petrificada. Me daba igual vagabundear sola, pero no con él, no podía arriesgarlo a el también. Yo había muerto voluntariamente una vez pero el tenia derecho a seguir viviendo.
Llegó el momento de hablar y parecía que había perdido el control de mi lengua, no sabía que decir, y cuando abrí la boca, surgió de mi un extraño sonido que no puedo comparar con nada.
-Jonathan…-bajé la mirada, no podía mirarle a los ojos y decirle que me iba. Me mataba su mirada, ambos lo sabíamos.
-Lai, aguanta por hoy, pregunta lo que quieras y si no te contestan podrás marcharte, pero tendrás que dejarme ir contigo… Por favor…
No quería levantar la cabeza, sabía que si me miraba no podría negarle nada, y yo quería irme. Pero él fue más listo que yo, para variar. Se levanto, se acercó a mí y me abrazó.
-No me dejes solo Lai- su susurro llenaba cada rincón de mi cerebro-a mí tampoco me gusta pero es por ti.
-Es que estoy cansada Jonathan-me alejé un poco, mi voz sonaba a lagrimas reprimidas, no quería que me viera llorar, pero lo haría.
-¿De qué Lai?
-De todo, de llorar, de no entender nada, de no saber que hago aquí, de no entender porque no me morí, de todo. A veces puedo parecer fuerte, Jo, pero no es verdad, cada vez me siento más débil y siento que estoy aquí encerrada y que no es por algo bueno. Necesito a mis amigos a mi lado, pero todos desaparecieron al ir al orfanato, ni una carta, ni una llamada, nada… y ahora pensaran que estoy muerta y ¿Por qué no darles la razón? No sé por qué no lo he vuelto a intentar.
-¿Has terminado?
-He terminado- durante mi discurso montones de lagrimas habían caído por mi mejilla, quemaban, me hacían daño y, al mismo tiempo, aliviaban mi dolor.
-Laia, no puedes esperar que todo se solucione huyendo. Parece que sea lo único que sabes hacer. Lo que buscabas no era la muerte, era un escape, el más lejano, y ahora quieres irte otra vez. Lo que pasa es que tienes miedo de que no te guste la respuesta, dices que quieres la verdad pero no estás segura de poder afrontarla. Yo me consideraba tu amigo y resulta que la primera vez te fuiste por que no estaban y ahora te ibas a dejar aquí. ¿Quieres irte? Vete, pero no esperes que te escriba una carta, porque no me has dado el cargo de amigo.
Estaba enfadado, él también lloraba, pero a él le podía la rabia, ahora no estaba segura de querer irme, ni de querer quedarme. Solo Jonathan sabía confundirme de esa forma. Quería otro abrazo, un abrazo y me quedaba con él, pero no iba a dármelo porque si. Se sentía traicionado y yo, para variar, idiota.
-Jonathan… Ya lo entiendo… Lo siento, sabes que no soy demasiado lista, no lo había visto hasta ahora…Tú eres la razón de todo. La razón de que esté aquí, de que no me haya ido aun y de que no lo haya vuelto a intentar. Solo una cosa me ha quedado clara, que eres más que mi amigo Jonathan y hubiera sido más fácil si no te hubieras despertado.
-Más fácil para ti
Se dio la vuelta enfadada y volvió a su cama ¿Por qué era tan difícil?
-Pero es muy injusto Jonathan!- Ya me había enfadado yo también, estaba gritándole- Tú lo has sabido todo desde el principio, sabias todo de mi con mirarme, sabes porque porras estoy aquí, sabes lo que está pasando y te da igual que yo esté sufriendo por no saberlo, y luego, cuando me voy a escapar de toda esta mierda, ¿me hechas en cara que no te diga nada? Es injusto Jonathan, es injusto.
-¿Crees que es fácil para mí?-Ahora el también gritaba- No puedo decirte nada Laia, cada vez que lo intento aparece alguien para hacerme callar. Ellos saben que lo intento, saben cada vez que quiero decírtelo y vienen a buscarme ¡No es mi culpa!
Ellos lo sabían todo, pero ahora no podrían evitarlo… Ahora ya estaba todo dicho. Me acerqué despacio, le abracé, me senté a su lado y le dije:
-Por favor Jonathan, ahora no pueden pararte- decía todo muy despacio y miraba a la puerta como esperando a que entrara alguien, tampoco sabía si me iba a responder o a enfadarse- Por favor Jonathan… dímelo
sábado, 12 de junio de 2010
capitulo 5
-¿Laia?
-¿Qué?
Ya habían pasado 10 días desde que estaba allí. Mis charlas psicológicas no llegaban a ninguna parte y Jonathan tampoco recordaba nada. Con Jonathan ya éramos íntimos pero ¿Qué se puede esperar cuando juntas a un amnésico mágico y a una suicida friki en una habitación de hospital?
-Hoy hace un buen día, ¿Por qué no salimos a visitar Londres? Quizá así yo recuerde algo y tú sepas que haces aquí.
No pude contener la risa, de hecho, solté una carcajada de lo más sonora.
-Pero Jonathan, no me dejan ni ir al baño sola, no me van a dejar salir.
-Técnicamente no irías sola, irías conmigo.
-no sé si les convencerá, además, no sé si te has percatado, pero llevamos toda la semana vistiendo ropa de hospital.
-Jo Laia, siempre le buscas pegas a todo. Ofreces muchos inconvenientes y ninguna solución.
Me quedé pensando, ¿Por qué siempre tenía razón? Muchos inconvenientes… ninguna solución… no se me ocurría nada.
-Bueno, da igual- dijo él rompiendo el silencio- igual ahora tengo que ir a ver al doctor John.
¡Eso era! Mr. Chalecodelana!
-¡Ya lo sé! ¡Díselo a él!- sonaba entre entusiasmada por salir y contenta de tener una solución- Seguro que él nos deja y, si no podemos ir solos, tampoco será una carga que venga él, eso sí, dile que nos consiga ropa que yo no salgo por Londres con estas pintas.
Jonathan empezó a reírse, ahora que lo pienso, no le había oído reírse hasta el momento. Era una risa bonita, no sé, iba a juego con él.
Cinco minutos después vinieron a por Jonathan, me miro con cara de complicidad antes de irse. Me mataba estar sola, es que era cuando más dudas me surgían, tiendo a analizar cada centímetro de una habitación, cada centímetro de las personas, todo y, al estar sola allí, me ponía nerviosa tanto lujo y no saber nada al respecto. Me entraba angustia. Las ganas de llorar recorrían mi cuerpo y no sabía por qué. Es algo que nunca le comente a nadie durante mi estancia en el ‘’deluxe hospital’’. A veces, si Jonathan tardaba mucho, me encerraba en el baño y no paraba de llorar. Supongo que él sabía por qué estaba allí pero aun así siempre me lo preguntaba. Esta vez no tardó en volver, cuando llego habían pasado 10 minutos. Me dejó ropa encima de la cama.
-Venga Laia, cámbiate que nos vamos. Vete tú al baño y yo me cambio aquí, pero no salgas hasta que acabe eh!
Cogí la ropa y me fui al baño. Pitillos negros, mi camiseta de Green Day, ¡era mi ropa! Me cambie súper rápido, me puse las converse rojas y ya estaba lista.
-¿Te queda mucho Jonathan?
-No, es que…-silencio-Laia, ¿me ayudas?
Entre en la habitación un poco asustada de con qué quería que le ayudara.
-¿Qué te pasa?-pregunté mientras entraba.
-Es que… no se atarme esto
Admito que me dio la risa tonta al ver a Mr. Sabelotodo en su cama mirándose las zapatillas con cara de no entender el mecanismo. ¡Por fin no era yo la que hacia el ridículo!
-No te rías perversa, yo soy amnésico, ¡tengo escusa!
Le até los cordones y salimos, Mr. Chalecodelana estaba esperándonos en la puerta de la habitación. Supongo que había oído nuestra conversación porque se estaba partiendo de risa.
Al salir del hospital me inundó el olor a aire fresco, ese olor que se queda en el aire justo después de la lluvia.
-Bueno, ¿Qué hay en Londres?- Preguntó Jonathan entusiasmado.
-El Big Ben- dijo el Dr. John orgulloso.
-¿y qué es?
-Un reloj-dije yo
-Ahá, si… ¿Vamos a salir para ver un reloj?-sonaba entre confuso y decepcionado
Dicho así sonaba una visita tan ridícula como si la hubiera planeado un chimpancé.
-También podemos ir…-Mire al doctor John en busca de alguna idea
-Podemos ir de tiendas, tenéis que renovar el armario.
¿Cómo íbamos a ir de tiendas? No teníamos ni un duro (claro que en Inglaterra no servirían) y, a no ser que Jonathan tuviera una herencia millonaria, no íbamos a tener nunca.
-Perdone pero parece que el enfermo sea usted míster, pero ¿de dónde vamos a sacar dinero?
-Del bolsillo.
Metí la mano en el bolsillo y, ¡dios mío!, ¡60 libras! ¿De dónde había salido?
-lo que yo decía, bueno ¿vamos al centro o qué?
-¡¡Vamos!!-Jonathan estaba muy contento de salir, se le volvía a notar en la mirada, supongo que era un espíritu libre- Vamos Laia?
-Si…
Echamos a andar, dos calles y ya estábamos en el centro. Nunca había visto en hospital tan cerca del centro, era muy extraño. Pero se me olvidó al ver los pantalones, los vaqueros rasgados me encantaban, y esos en particular me volvían loca.
Así pasamos toda la tarde, 4 camisetas, 2 vaqueros y 2 sudaderas, y hubiera seguido comprando de tener más dinero. Jonathan tenía más dinero que yo. Me regaló una muñequera negra, iba mucho con mi estilo. “Feliz cumpleaños Lai”. El también se compró cosas, pero menos que yo.
Al final vimos el Big Ben, no le impresionó en absoluto. Al fin y al cabo…
-Sigue siendo un reloj, en un edificio, grande, pero un reloj.
Al Dr. John no le gustó que a Jonathan no le gustara. De hecho, se pasó todo el camino de vuelta dándole razones para que gustara y Jonathan, que era una cabezota, ignorando cada una de estas razones. A mí, sinceramente, me divertía mucho ver a Mr. Chalecodelana, en su desesperación, dando razones absurdas a un chico que no veía en esa torre más que un reloj.
El doctor abrió una puerta y entramos a un edificio normal.
-Chicos, os tengo que pedir que contéis hasta tres con los ojos cerrados.
Algo no me gustaba, pero obedecimos. Uno, dos, tres… Al abrir los ojos ya estábamos en el hospital.
-¿pero qué ha pasado?-Estaba sorprendida, no entendía nada, no entendía demasiadas cosas en ese hospital.
-Quizá mañana… Iros a la cama.
Y sin más palabras, se fue. Me fastidiaba que Jonathan no dijera nada, algo me hacía pensar que el ya sabía la respuesta y no me la iba a decir. Estaba confusa e irritada de tanta pregunta sin responder.
-¿Qué?
Ya habían pasado 10 días desde que estaba allí. Mis charlas psicológicas no llegaban a ninguna parte y Jonathan tampoco recordaba nada. Con Jonathan ya éramos íntimos pero ¿Qué se puede esperar cuando juntas a un amnésico mágico y a una suicida friki en una habitación de hospital?
-Hoy hace un buen día, ¿Por qué no salimos a visitar Londres? Quizá así yo recuerde algo y tú sepas que haces aquí.
No pude contener la risa, de hecho, solté una carcajada de lo más sonora.
-Pero Jonathan, no me dejan ni ir al baño sola, no me van a dejar salir.
-Técnicamente no irías sola, irías conmigo.
-no sé si les convencerá, además, no sé si te has percatado, pero llevamos toda la semana vistiendo ropa de hospital.
-Jo Laia, siempre le buscas pegas a todo. Ofreces muchos inconvenientes y ninguna solución.
Me quedé pensando, ¿Por qué siempre tenía razón? Muchos inconvenientes… ninguna solución… no se me ocurría nada.
-Bueno, da igual- dijo él rompiendo el silencio- igual ahora tengo que ir a ver al doctor John.
¡Eso era! Mr. Chalecodelana!
-¡Ya lo sé! ¡Díselo a él!- sonaba entre entusiasmada por salir y contenta de tener una solución- Seguro que él nos deja y, si no podemos ir solos, tampoco será una carga que venga él, eso sí, dile que nos consiga ropa que yo no salgo por Londres con estas pintas.
Jonathan empezó a reírse, ahora que lo pienso, no le había oído reírse hasta el momento. Era una risa bonita, no sé, iba a juego con él.
Cinco minutos después vinieron a por Jonathan, me miro con cara de complicidad antes de irse. Me mataba estar sola, es que era cuando más dudas me surgían, tiendo a analizar cada centímetro de una habitación, cada centímetro de las personas, todo y, al estar sola allí, me ponía nerviosa tanto lujo y no saber nada al respecto. Me entraba angustia. Las ganas de llorar recorrían mi cuerpo y no sabía por qué. Es algo que nunca le comente a nadie durante mi estancia en el ‘’deluxe hospital’’. A veces, si Jonathan tardaba mucho, me encerraba en el baño y no paraba de llorar. Supongo que él sabía por qué estaba allí pero aun así siempre me lo preguntaba. Esta vez no tardó en volver, cuando llego habían pasado 10 minutos. Me dejó ropa encima de la cama.
-Venga Laia, cámbiate que nos vamos. Vete tú al baño y yo me cambio aquí, pero no salgas hasta que acabe eh!
Cogí la ropa y me fui al baño. Pitillos negros, mi camiseta de Green Day, ¡era mi ropa! Me cambie súper rápido, me puse las converse rojas y ya estaba lista.
-¿Te queda mucho Jonathan?
-No, es que…-silencio-Laia, ¿me ayudas?
Entre en la habitación un poco asustada de con qué quería que le ayudara.
-¿Qué te pasa?-pregunté mientras entraba.
-Es que… no se atarme esto
Admito que me dio la risa tonta al ver a Mr. Sabelotodo en su cama mirándose las zapatillas con cara de no entender el mecanismo. ¡Por fin no era yo la que hacia el ridículo!
-No te rías perversa, yo soy amnésico, ¡tengo escusa!
Le até los cordones y salimos, Mr. Chalecodelana estaba esperándonos en la puerta de la habitación. Supongo que había oído nuestra conversación porque se estaba partiendo de risa.
Al salir del hospital me inundó el olor a aire fresco, ese olor que se queda en el aire justo después de la lluvia.
-Bueno, ¿Qué hay en Londres?- Preguntó Jonathan entusiasmado.
-El Big Ben- dijo el Dr. John orgulloso.
-¿y qué es?
-Un reloj-dije yo
-Ahá, si… ¿Vamos a salir para ver un reloj?-sonaba entre confuso y decepcionado
Dicho así sonaba una visita tan ridícula como si la hubiera planeado un chimpancé.
-También podemos ir…-Mire al doctor John en busca de alguna idea
-Podemos ir de tiendas, tenéis que renovar el armario.
¿Cómo íbamos a ir de tiendas? No teníamos ni un duro (claro que en Inglaterra no servirían) y, a no ser que Jonathan tuviera una herencia millonaria, no íbamos a tener nunca.
-Perdone pero parece que el enfermo sea usted míster, pero ¿de dónde vamos a sacar dinero?
-Del bolsillo.
Metí la mano en el bolsillo y, ¡dios mío!, ¡60 libras! ¿De dónde había salido?
-lo que yo decía, bueno ¿vamos al centro o qué?
-¡¡Vamos!!-Jonathan estaba muy contento de salir, se le volvía a notar en la mirada, supongo que era un espíritu libre- Vamos Laia?
-Si…
Echamos a andar, dos calles y ya estábamos en el centro. Nunca había visto en hospital tan cerca del centro, era muy extraño. Pero se me olvidó al ver los pantalones, los vaqueros rasgados me encantaban, y esos en particular me volvían loca.
Así pasamos toda la tarde, 4 camisetas, 2 vaqueros y 2 sudaderas, y hubiera seguido comprando de tener más dinero. Jonathan tenía más dinero que yo. Me regaló una muñequera negra, iba mucho con mi estilo. “Feliz cumpleaños Lai”. El también se compró cosas, pero menos que yo.
Al final vimos el Big Ben, no le impresionó en absoluto. Al fin y al cabo…
-Sigue siendo un reloj, en un edificio, grande, pero un reloj.
Al Dr. John no le gustó que a Jonathan no le gustara. De hecho, se pasó todo el camino de vuelta dándole razones para que gustara y Jonathan, que era una cabezota, ignorando cada una de estas razones. A mí, sinceramente, me divertía mucho ver a Mr. Chalecodelana, en su desesperación, dando razones absurdas a un chico que no veía en esa torre más que un reloj.
El doctor abrió una puerta y entramos a un edificio normal.
-Chicos, os tengo que pedir que contéis hasta tres con los ojos cerrados.
Algo no me gustaba, pero obedecimos. Uno, dos, tres… Al abrir los ojos ya estábamos en el hospital.
-¿pero qué ha pasado?-Estaba sorprendida, no entendía nada, no entendía demasiadas cosas en ese hospital.
-Quizá mañana… Iros a la cama.
Y sin más palabras, se fue. Me fastidiaba que Jonathan no dijera nada, algo me hacía pensar que el ya sabía la respuesta y no me la iba a decir. Estaba confusa e irritada de tanta pregunta sin responder.
jueves, 3 de junio de 2010
capitulo 4
-Eso es lo que te estoy preguntando. Yo qué sé qué haces aquí. Laia ¿no crees que si tuvieras que saberlo lo sabrías?
Venga hombre, ni el gusano de Alicia mareaba tanto. ¿De dónde había salido?
-Bueno, vale… entonces, ¿por qué tengo que venir a verte si no puedo saber que hago aquí?
-Nadie dijo que tengas que descubrirlo tu sola.
En la media hora restante hablamos de mi familia, amigos, qué hacía en Barcelona… Llegué a preguntarle si estaba loca, “cada uno tiene su forma de ver la locura, ¿cómo la ves tú?”. No me dio tiempo a responder, vinieron a buscarme. Supongo que pensaban que si me dejaban sola huiría o algo.
Al llegar a mi habitación Jonathan ya estaba allí.
-Entonces, ¿estás loca Laia?
- cada uno tiene su forma de ver la locura, ¿cómo la ves tú?
Parafrasear a un psicólogo sonaba raro en mí, pero tampoco sabía que responderle, no sabía si estaba loca.
-Lo siento, sí que lo estás.
Me senté en mi cama. La comida ya estaba allí.
-Pero… no me has dicho que es para ti la locura.
-Es verdad.
-¿Me lo vas a decir?
-no quieres que te lo diga. Crees que serás más feliz si no sabes lo que pienso.
-¿Podrías dejar de leerme la mente?
-no puedo evitarlo, erres un libro abierto.
¡Sabía que sabía lo que pensaba! Me quedé callada un buen rato, podía disimular porque estaba comiendo. ¿Cómo cuestionar lo que me pasaba por la cabeza? Quizá fuera mejor dejarle contestar sin abrir la boca, pero no podía…
-¿Solo me la lees a mi? Porque me podrías haber evitado mucha saliva y muchísimos ridículos…
-No suena igual, suenas mas… no sé explicarlo, no suenas bien. Además, no sería tan divertido si no hicieras el ridículo ¿no crees?
Tenía muchísimas preguntas, millones, por hacerle, pero no se las iba a preguntar, me bastaba con un ridículo al día. ¿No podía leer mi mente? ¿Cuándo la podía leer? ¿Sabía siempre lo que pensaba? Cada vez me gustaba menos su “capacidad”.
-No puedo Laia. Solo puedo si me dejas. Eres más fácil cuando te haces muchas preguntas. Te centras tanto en buscar la respuesta que te olvidas de cerrar la mente.
Si bien el día era cada vez más raro, solo iba por la mitad pero, ¿Qué más podía pasar?
Nada más terminar de comer Jonathan encendió la tele, ese sonido… Era un efecto hipnotizante.. se me cerraban los ojos… “lo siento Jonathan, costumbre española”. Creo que fue lo último que dije antes de dormirme del todo.
Al despertar ya era de noche, era horrible lo pronto que se hacía de noche en Londres. Era de noche y, para variar, llovía.
Mi reflejo estaba en la ventana otra vez, ¿Y Jonathan? Me di la vuelta y ahí estaba, ¿Por qué no estaba su reflejo?
-Lo habré perdido…
-¿Estabas despierto?
- No, me has despertado tú con tanto pensamiento. No sé qué le pasa a mi reflejo Laia. No se mi nombre me voy a preocupar por mi reflejo. Minucias.
A mí me preocupaba extrañamente demasiado. Se lo preguntaría a Mr. Chalecodelana.
-¿Jonathan? ¿Tú no tienes que hablar con Mr. Chalecodelana? Igual el te ayuda a recuperar la memoria, eso sí, para mí ya eres Jonathan, como recuerdes tu nombre no te voy a llamar de otra forma.
-Es verdad… Pues no sé, igual si, ¿Y no tiene nombre Mr. Chalecodelana?
-Pues…- no tenía ni idea de su nombre- eh…- ¿Por qué no se lo habré preguntado?- ni idea.
-Luego te extrañas cuando te pregunto qué haces aquí antes de quien soy. Le habrás contado tu vida sin saber quién es.
- No compares baby, no compares.
Venga hombre, ni el gusano de Alicia mareaba tanto. ¿De dónde había salido?
-Bueno, vale… entonces, ¿por qué tengo que venir a verte si no puedo saber que hago aquí?
-Nadie dijo que tengas que descubrirlo tu sola.
En la media hora restante hablamos de mi familia, amigos, qué hacía en Barcelona… Llegué a preguntarle si estaba loca, “cada uno tiene su forma de ver la locura, ¿cómo la ves tú?”. No me dio tiempo a responder, vinieron a buscarme. Supongo que pensaban que si me dejaban sola huiría o algo.
Al llegar a mi habitación Jonathan ya estaba allí.
-Entonces, ¿estás loca Laia?
- cada uno tiene su forma de ver la locura, ¿cómo la ves tú?
Parafrasear a un psicólogo sonaba raro en mí, pero tampoco sabía que responderle, no sabía si estaba loca.
-Lo siento, sí que lo estás.
Me senté en mi cama. La comida ya estaba allí.
-Pero… no me has dicho que es para ti la locura.
-Es verdad.
-¿Me lo vas a decir?
-no quieres que te lo diga. Crees que serás más feliz si no sabes lo que pienso.
-¿Podrías dejar de leerme la mente?
-no puedo evitarlo, erres un libro abierto.
¡Sabía que sabía lo que pensaba! Me quedé callada un buen rato, podía disimular porque estaba comiendo. ¿Cómo cuestionar lo que me pasaba por la cabeza? Quizá fuera mejor dejarle contestar sin abrir la boca, pero no podía…
-¿Solo me la lees a mi? Porque me podrías haber evitado mucha saliva y muchísimos ridículos…
-No suena igual, suenas mas… no sé explicarlo, no suenas bien. Además, no sería tan divertido si no hicieras el ridículo ¿no crees?
Tenía muchísimas preguntas, millones, por hacerle, pero no se las iba a preguntar, me bastaba con un ridículo al día. ¿No podía leer mi mente? ¿Cuándo la podía leer? ¿Sabía siempre lo que pensaba? Cada vez me gustaba menos su “capacidad”.
-No puedo Laia. Solo puedo si me dejas. Eres más fácil cuando te haces muchas preguntas. Te centras tanto en buscar la respuesta que te olvidas de cerrar la mente.
Si bien el día era cada vez más raro, solo iba por la mitad pero, ¿Qué más podía pasar?
Nada más terminar de comer Jonathan encendió la tele, ese sonido… Era un efecto hipnotizante.. se me cerraban los ojos… “lo siento Jonathan, costumbre española”. Creo que fue lo último que dije antes de dormirme del todo.
Al despertar ya era de noche, era horrible lo pronto que se hacía de noche en Londres. Era de noche y, para variar, llovía.
Mi reflejo estaba en la ventana otra vez, ¿Y Jonathan? Me di la vuelta y ahí estaba, ¿Por qué no estaba su reflejo?
-Lo habré perdido…
-¿Estabas despierto?
- No, me has despertado tú con tanto pensamiento. No sé qué le pasa a mi reflejo Laia. No se mi nombre me voy a preocupar por mi reflejo. Minucias.
A mí me preocupaba extrañamente demasiado. Se lo preguntaría a Mr. Chalecodelana.
-¿Jonathan? ¿Tú no tienes que hablar con Mr. Chalecodelana? Igual el te ayuda a recuperar la memoria, eso sí, para mí ya eres Jonathan, como recuerdes tu nombre no te voy a llamar de otra forma.
-Es verdad… Pues no sé, igual si, ¿Y no tiene nombre Mr. Chalecodelana?
-Pues…- no tenía ni idea de su nombre- eh…- ¿Por qué no se lo habré preguntado?- ni idea.
-Luego te extrañas cuando te pregunto qué haces aquí antes de quien soy. Le habrás contado tu vida sin saber quién es.
- No compares baby, no compares.
domingo, 30 de mayo de 2010
capitulo 3
Al despertarme al día siguiente las dudas seguían rondando por mi cabeza, creo que entre la morfina y la tarta de chocolate habían hecho una extraña mezcla que provocó el sueño más raro de mi vida y, aun así, no era nada comparado con el día que me esperaba. Para empezar, al abrir los ojos y darme la vuelta, Jonathan ya no estaba.
Posiblemente me preocupe demasiado pronto, porque salió del baño antes de que pudiera levantarme.
-Buenos días Bella Durmiente, son las 11 ya, ¿siempre duermes tanto?
Las 11. A decir verdad, desde que llegué al hospital he pasado más horas durmiendo que despierta.
-no es eso, es que tu duermes poco… ¿Han traído el desayuno?
-Claro Laia, no te iban a esperar toda la vida. Pero tu tranquila, que en una hora ya traen la comida.
Estaba de buen humor, se le notaba en la mirada. Se ve que Jonathan es de esas personas capaces de hacerte sentir lo que ellos solo con mirarte, o igual yo estaba extrañamente empática.
-Pero, ¿Cómo es eso? En España se come a las dos como muy pronto
-si estuviéramos en España eso significaría algo, pero en Inglaterra se come a las 12.
¿Qué? ¿Cómo que en Inglaterra? Al principio pensé que era otra de sus bromas, no lo entendía.-No pongas esa cara Laia, parece qué hayas sido tu la que perdió la memoria- cada vez me sentía peor-¿Laia?- Lo último que recordaba paso en España-¿Laia?- yo vivía en Barcelona-¡LAIA!
Su grito me despertó de mis ensoñaciones, si ya tenía la cabeza llena de dudas lo que me dijo me mató. Quería decirle lo que pensaba, quería contarle mis dudas pero antes de que pudiera abrir la boca una enfermera entró para llevarse a Jonathan. No podía dejarme así, tenía que decir algo.
-Jonathan!- Estaba ya por la puerta, se giró y me quedé en blanco, como si mis dudas hubieran desaparecido con una mirada-Suerte…- ¡Oh si! Para terminarla de cagar solo le deseé surte ¿Podía ser más patético? Era como si cada vez que abría la boca me las arreglara para parecer más y más idiota.
Con todo, se lo tomó bien. “a ti también, espero que recuerdes donde vives. En Londres siempre llueve pero no esta tan mal”. Casi prefería que no se riera de mí, pero por supuesto no se lo dije.
Volví a meterme en mis pensamientos. Todo era confuso y frustrante. No entendía nada y, sin embargo, entendía todo. Y con todo me refiero a lo referente al idioma, parecía todo una realidad paralela donde mi ingles era perfecto, no era malo antes, pero de ahí a entenderlo todo…
Se abrió la puerta y entró la doctora. Quería decirle lo que pasaba pero, por alguna razón, no confiaba demasiado en ella.
-Laia, tienes que ir al psicólogo.
Asentí, fui sin rechistar. Quería ver qué clase de gente había allí. Cuando llegamos al despacho del psicólogo me dejó en la puerta, como si temiera entrar. Digamos que su comportamiento me asustó un poco. Entré a cámara lenta esperando ver un monstruo o algo peor detrás de la puerta.
Pero no, era el psicólogo típico de película. Chaleco de lana, pantalones de pana, las gafas en la punta de la nariz y una edad considerable. Al entrar me miró de arriba abajo, sentía cómo analizaba cada centímetro de mi ser y entonces, para mi sorpresa, me preguntó:
-Bueno ¿qué? ¿Qué haces aquí?
¿Cómo? ¿Qué clase de psicólogo dice eso? “tu sabrás que hago aquí” pensé yo.
-Me han obligado a venir, pero yo me quiero ir a casa. ¿Me puedo ir?
Presentía que sabía todo, sentía que tenía la respuesta a todo lo que me rondaba por la cabeza.
-no- no me salía mentir. Mentir es una palabra fea, prefiero callar, y si callas dices más que si hablas.
-Claro que no, tu casa esta más lejos ¿y qué haces aquí?
Me tocaba las narices tanta pregunta. Lo que me fastidia de los psicólogos es que dan más preguntas que respuestas. ¿Por qué no iba al grano? Da igual, para eso ya estaba yo.
-Bueno, ¿me lo va a decir o va a seguir dando rodeos? ¿Qué hago aquí?
Posiblemente me preocupe demasiado pronto, porque salió del baño antes de que pudiera levantarme.
-Buenos días Bella Durmiente, son las 11 ya, ¿siempre duermes tanto?
Las 11. A decir verdad, desde que llegué al hospital he pasado más horas durmiendo que despierta.
-no es eso, es que tu duermes poco… ¿Han traído el desayuno?
-Claro Laia, no te iban a esperar toda la vida. Pero tu tranquila, que en una hora ya traen la comida.
Estaba de buen humor, se le notaba en la mirada. Se ve que Jonathan es de esas personas capaces de hacerte sentir lo que ellos solo con mirarte, o igual yo estaba extrañamente empática.
-Pero, ¿Cómo es eso? En España se come a las dos como muy pronto
-si estuviéramos en España eso significaría algo, pero en Inglaterra se come a las 12.
¿Qué? ¿Cómo que en Inglaterra? Al principio pensé que era otra de sus bromas, no lo entendía.-No pongas esa cara Laia, parece qué hayas sido tu la que perdió la memoria- cada vez me sentía peor-¿Laia?- Lo último que recordaba paso en España-¿Laia?- yo vivía en Barcelona-¡LAIA!
Su grito me despertó de mis ensoñaciones, si ya tenía la cabeza llena de dudas lo que me dijo me mató. Quería decirle lo que pensaba, quería contarle mis dudas pero antes de que pudiera abrir la boca una enfermera entró para llevarse a Jonathan. No podía dejarme así, tenía que decir algo.
-Jonathan!- Estaba ya por la puerta, se giró y me quedé en blanco, como si mis dudas hubieran desaparecido con una mirada-Suerte…- ¡Oh si! Para terminarla de cagar solo le deseé surte ¿Podía ser más patético? Era como si cada vez que abría la boca me las arreglara para parecer más y más idiota.
Con todo, se lo tomó bien. “a ti también, espero que recuerdes donde vives. En Londres siempre llueve pero no esta tan mal”. Casi prefería que no se riera de mí, pero por supuesto no se lo dije.
Volví a meterme en mis pensamientos. Todo era confuso y frustrante. No entendía nada y, sin embargo, entendía todo. Y con todo me refiero a lo referente al idioma, parecía todo una realidad paralela donde mi ingles era perfecto, no era malo antes, pero de ahí a entenderlo todo…
Se abrió la puerta y entró la doctora. Quería decirle lo que pasaba pero, por alguna razón, no confiaba demasiado en ella.
-Laia, tienes que ir al psicólogo.
Asentí, fui sin rechistar. Quería ver qué clase de gente había allí. Cuando llegamos al despacho del psicólogo me dejó en la puerta, como si temiera entrar. Digamos que su comportamiento me asustó un poco. Entré a cámara lenta esperando ver un monstruo o algo peor detrás de la puerta.
Pero no, era el psicólogo típico de película. Chaleco de lana, pantalones de pana, las gafas en la punta de la nariz y una edad considerable. Al entrar me miró de arriba abajo, sentía cómo analizaba cada centímetro de mi ser y entonces, para mi sorpresa, me preguntó:
-Bueno ¿qué? ¿Qué haces aquí?
¿Cómo? ¿Qué clase de psicólogo dice eso? “tu sabrás que hago aquí” pensé yo.
-Me han obligado a venir, pero yo me quiero ir a casa. ¿Me puedo ir?
Presentía que sabía todo, sentía que tenía la respuesta a todo lo que me rondaba por la cabeza.
-no- no me salía mentir. Mentir es una palabra fea, prefiero callar, y si callas dices más que si hablas.
-Claro que no, tu casa esta más lejos ¿y qué haces aquí?
Me tocaba las narices tanta pregunta. Lo que me fastidia de los psicólogos es que dan más preguntas que respuestas. ¿Por qué no iba al grano? Da igual, para eso ya estaba yo.
-Bueno, ¿me lo va a decir o va a seguir dando rodeos? ¿Qué hago aquí?
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